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sábado, 19 de abril de 2025

La tienda de Muñecos [Cuento].

 



La tienda de muñecos

[Cuento - Texto completo.]

Julio Garmendia

No sé cuándo, dónde ni por quién fue escrito el relato titulado “La tienda de muñecos”. Tampoco sé si es simple fantasía o si será el relato de cosas y sucesos reales, como afirma el autor anónimo; pero, en suma, poco importa que sea incierta o verídica la pequeña historieta que se desarrolla en un tenducho. La casualidad pone estas páginas al alcance de mis manos, y yo me apresuro a apoderarme de ellas. Helas aquí:


No tengo suficiente filosofía para remontarme a las especulaciones elevadas del pensamiento. Esto explica mis asuntos banales, y por qué trato ahora de encerrar en breves líneas la historia -si así puede llamarse- de la vieja Tienda de Muñecos de mi abuelo que después pasó a manos de mi padrino, y de las de éste a las mías. A mis ojos posee esta tienda el encanto de los recuerdos de familia; y así como otros conservan los retratos de sus antepasados, a mí me basta, para acordarme de los míos, pasear la mirada por los estantes donde están alineados los viejos muñecos, con los cuales nunca jugué. Desde pequeño se me acostumbró a mirarlos con seriedad. Mi abuelo, y después mi padrino, solían decir, refiriéndose a ellos:

-¡Lesdebemos la vida!

No era posible que yo, que los amé entrañablemente a ambos, considerara con ligereza a aquellos a quienes adeudaba el precioso don de la existencia.

Muerto mi abuelo, mi padrino tampoco me permitió jugar con los muñecos, que permanecieron en los estantes de la tienda, clasificados en orden riguroso, sometidos a una estricta jerarquía, y sin que jamás pudieran codearse un instante los ejemplares de diferentes condiciones; ni los plebeyos andarines que tenían cuerda suficiente para caminar durante el espacio de un metro y medio en superficie plana, con los lujosos y aristocráticos muñecos de chistera y levita, que apenas si sabían levantar con mucha gracia la punta del pie elegantemente calzado. A unos y otros, mi padrino no les dispensaba más trato de que el imprescindible para mantener la limpieza en los estantes donde estaban ahilerados. No se tomaba ninguna familiaridad ni se permitía la menor chanza con ellos. Había instaurado en la pequeña tienda un régimen que habría de entrar en decadencia cuando yo entrara en posesión del establecimiento, porque mi alma no tendría ya el mismo temple de la suya y se resentiría visiblemente de las ideas y tendencias libertarias que prosperaban en el ambiente de los nuevos días.

Por sobre todas las cosas él imponía a los muñecos el principio de autoridad y el respeto supersticioso al orden y las costumbres establecidas desde antaño en la tienda. Juzgaba que era conveniente inspirarles temor y tratarlos con dureza a fin de evitar la confusión, el desorden, la anarquía, portadores de ruina así en los humildes tenduchos como en los grandes imperios. Hallábase imbuido de aquellos erróneos principios en que se había educado y que procuró inculcarme por todos los medios; y viendo en mi persona el heredero que le sucedería en el gobierno de la tienda, me enseñaba los austeros procederes de un hombre de mando. En cuanto a Heriberto, el mozo que desde hace un tiempo atrás servía en el negocio, mi padrino les equiparaba a los peores muñecos de cuerda y le trataba al igual que a los maromeros de madera y los payasos de serrín, muy en boga entonces. A su modo de ver, Heriberto no tenía más sesos que los muñecos en cuyo constante comercio había concluido por adquirir costumbres frívolas y afeminadas, y a tal punto subían en este particular sus escrúpulos, que desconfiaba de aquellos muñecos que habían salido de la tienda alguna vez, llevados por Heriberto, sin ser vendidos, en definitiva. A estos desdichados acababa por separarlos de los demás, sospechando tal vez que habían adquirido hábitos perniciosos en las manos de Heriberto.

Así transcurrieron largos años, hasta que yo vine a ser un hombre maduro y mi padrino un anciano idéntico al abuelo que conocí en mi niñez. Habitábamos aún la trastienda, donde apenas si con mucha dificultad podíamos movernos entre los muñecos. Allí había nacido yo, que así, aunque hijo legítimo de honestos padres, podía considerarme fruto de amores de trastienda, como suelen ser los héroes de cuentos picarescos.

Un día mi padrino se sintió mal.

-Se me nublan los ojos -me dijo- y confundo los abogados con las pelotas de goma, que en realidad están muy por encima.

-Me flaquean las piernas -continuó, tomándome afectuosamente la mano- y no puedo ya recorrer sin fatiga la corta distancia que te separa de los bandidos. Por estos síntomas conozco que voy a morir, no me prometo muchas horas de vida y desde ahora heredas la Tienda de Muñecos.

Mi padrino pasó a hacerme extensas recomendaciones acerca del negocio. Hizo luego una pausa durante la cual le vi pasear por la tienda y la trastienda su mirada ya próxima a extinguirse. Abarcaba así, sin duda, el vasto panorama del presente y del pasado, dentro de los estrechos muros tapizados de figurillas que hacían sus gestos acostumbrados y se mostraban en sus habituales posturas. De pronto, fijándose en los soldados que ocupaban un compartimiento entero en los estantes, reflexionó:

-A estos guerreros les debemos largas horas de paz. Nos han dado buenas utilidades. Vender ejércitos es un negocio pingüe.

Yo insistí acerca de él a fin de que consintiera en llamar médicos que lo vieran. Pero se limitó a mostrarme una gran caja que había en un rincón.

-Encierra precisamente cantidad de sabios, profesores, doctores y otras eminencias de cartón y profundidades de serrín que ahí se han quedado sin venta y permanecen en la oscuridad que les conviene. No cifres, pues, mayores esperanzas en la utilidad de tal renglón. En cambio, son deseables las muñecas de porcelana, que se colocan siempre con provecho; también las de pasta y celuloide suelen ser solicitadas, y hasta las de trapo encuentran salida. Y entre los animales -no lo olvides-, en especial te recomiendo a los asnos y los osos, que en todo tiempo fueron sostenes de nuestra casa.

Después de estas palabras mi padrino se sintió peor todavía y me hizo traer a toda prisa un sacerdote y dos religiosas. Alargando el brazo, los tomé en el estante vecino al lecho.

-Hace ya tiempo -dijo, palpándolos con suavidad-, hace ya tiempo que conservo aquí estos muñecos, que difícilmente se venden. Puedes ofrecerlos con el diez por ciento de descuento, lo equivaldrá a los diezmos en lo tocante a los curas. En cuanto las religiosas, hazte el cargo que es una que les das.

En este momento mi padrino fue interrumpido por el llanto de Heriberto, que se hallaba en un rincón de la trastienda, la cabeza cogida entre las manos, y no podía escuchar sin pena los últimos acentos del dueño de la Tienda de Muñecos.

-Heriberto-dijo, dirigiéndose a éste-: no tengo más que repetirte lo que tantas veces antes ya te he dicho: que no atiples la voz ni manosees los muñecos.

Nada contestó Heriberto, pero sus sollozos resonaron de nuevo, cada vez más altos y más destemplados.

Sin duda, esta contrariedad apresuró el fin de mi padrino, que expiró poco después de pronunciar aquellas palabras. Cerré piadosamente sus ojos y enjugué en silencio una lágrima. Me mortificaba, sin embargo, que Heriberto diera mayores muestras de dolor que yo. Sollozaba ahogado en llanto, se mesaba los cabellos, corría desolado de uno a otro extremo de la trastienda. Al fin me estrechó en sus brazos:

-¡Estamossolos! ¡Estamos solos! -gritó.

Me desasí de él sin violencia, y señalándole con el dedo el sacerdote, el feo doctor, las blancas enfermeras, muñecos en desorden junto a lecho, le hice señas de que los pusiera otra vez en sus puestos…

FIN



jueves, 17 de abril de 2025

La zorra y la cigüeña.

 




La zorra y la cigüeña

[Minicuento - Texto completo.]

Jean de La Fontaine



Sintiéndose un día muy generosa, invitó doña zorra a cenar a doña cigüeña. La comida fue

breve y sin mayores preparativos. La astuta raposa, por su mejor menú, tenía un caldo ralo,

pues vivía pobremente, y se lo presentó a la cigüeña servido en un plato poco profundo.

Esta no pudo probar ni un solo sorbo, debido a su largo pico. La zorra, en cambio, lo lamió

todo en un instante.

Para vengarse de esa burla, decidió la cigüeña invitar a doña zorra. -Encantada -dijo-, yo no soy protocolaria con mis amistades.

Llegada la hora corrió a casa de la cigüeña, encontrando la cena servida y con un apetito del

que nunca están escasas las señoras zorras. El olorcito de la carne, partida en finos pedazos,

la entusiasmó aún más. Pero para su desdicha, la encontró servida en una copa de cuello

alto y de estrecha boca, por el cual pasaba perfectamente el pico de doña cigüeña, pero el

hocico de doña zorra, como era de mayor medida, no alcanzó a tocar nada, ni con la punta

de la lengua. Así, doña zorra tuvo que marcharse en ayunas, toda avergonzada y engañada,

con las orejas gachas y apretando su cola.

Para ustedes escribo, embusteros: ¡Esperen la misma suerte!

No engañes a otros, pues bien conocen tus debilidades y te harán pagar tu daño en la

forma que más te afectará.

FIN



miércoles, 16 de abril de 2025

El diente roto

 






El diente roto

[Cuento - Texto completo.]

 

Pedro Emilio Coll



A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.

 

Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo.

 

Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan.

 

Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.

 

-El niño no está bien, Pablo -decía la madre al marido-, hay que llamar al médico.

 

Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.

 

-Señora -terminó por decir el sabio después de un largo examen- la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar a usted…

 

-¿Qué, señor doctor de mi alma? -interrumpió la angustiada madre.

 

-Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible -continuó con voz misteriosa- es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.

 

En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.

 

Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del “niño prodigio”, y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison… etcétera.

 

Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar.

 

Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y “profundo”, y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar.

 

Pasaron los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.

 

Y doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.

 

FIN

 


martes, 15 de abril de 2025

El gigante egoísta

 





El gigante egoísta

[Cuento - Texto completo.]

 

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

 

-¡Qué felices somos aquí! -se decían unos a otros.

 

Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.

 

-¿Qué hacen aquí? -surgió con su voz retumbante.

 

Los niños escaparon corriendo en desbandada.

 

-Este jardín es mío. Es mi jardín propio -dijo el Gigante-; todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.

 

Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

 

Era un Gigante egoísta…

 

Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.

 

-¡Qué dichosos éramos allí! -se decían unos a otros.

 

Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban y los árboles se olvidaron de florecer. Solo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.

 

Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la Escarcha.

 

-La primavera se olvidó de este jardín -se dijeron-, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.

 

La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.

 

-¡Qué lugar más agradable! -dijo-. Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.

 

Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.

 

-No entiendo por qué la primavera se demora tanto en llegar aquí -decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco-, espero que pronto cambie el tiempo.

 

Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno.

 

-Es un gigante demasiado egoísta -decían los frutales.

 

De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el Viento del Norte y el Granizo y la Escarcha y la Nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.

 

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era solo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el Granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

 

-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera -dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.

 

¿Y qué es lo que vio?

 

Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Solo en un rincón el invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.

 

-¡Sube a mí, niñito! -decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.

 

El Gigante sintió que el corazón se le derretía.

 

-¡Cuán egoísta he sido! -exclamó-. Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.

 

Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.

 

Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en invierno otra vez. Solo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la primavera regresó al jardín.

 

-Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos -dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.

 

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.

 

Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.

 

-Pero, ¿dónde está el más pequeñito? -preguntó el Gigante-, ¿ese niño que subí al árbol del rincón?

 

El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.

 

-No lo sabemos -respondieron los niños-, se marchó solito.

 

-Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante.

 

Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste.

 

Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.

 

-¡Cómo me gustaría volverlo a ver! -repetía.

 

Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

 

-Tengo muchas flores hermosas -se decía-, pero los niños son las flores más hermosas de todas.

 

Una mañana de invierno, miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno pues sabía que el invierno era simplemente la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.

 

Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…

 

Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.

 

Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira y dijo:

 

-¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?

 

Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.

 

-¿Pero, quién se atrevió a herirte? -gritó el Gigante-. Dímelo, para tomar la espada y matarlo.

 

-¡No! -respondió el niño-. Estas son las heridas del Amor.

 

-¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? -preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.

 

Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:

 

-Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.

 

Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.

 

FIN

 

 



domingo, 13 de abril de 2025

El cumpleaños de la Infanta.

 




El cumpleaños de la infanta

[Cuento - Texto completo.]

Oscar Wilde

Era el día del cumpleaños de la infanta, la princesita real de España. Ella cumplía doce años, y el sol iluminaba con esplendor los jardines del Palacio.

Por más que fuese una princesa de sangre real, y además infanta del inmenso imperio de España, también ella debía resignarse a no tener más que un cumpleaños cada año, lo mismo que los hijos de los plebeyos del reino. Era, por lo tanto, muy importante para todos que ese día fuera un día hermoso. ¡Y era un día lindísimo! Los arrogantes tulipanes se erguían en sus tallos, como largas filas de soldados, y miraban desafiantes a las rosas, diciendo:

-¡Hoy somos tan hermosos como ustedes!

Las rojas mariposas revoloteaban alrededor, con alas empolvadas de oro, y visitaban una por una todas las flores; las lagartijas de verde tornasol habían salido de los muros para tomar el sol, y las granadas se abrían con el calor, dejando ver sus corazones rojos. Hasta los pálidos limones amarillentos, que crecían a lo largo de las arcadas sombrías, tomaban del sol un color más rico y resplandeciente, y las magnolias abrían sus grandes flores color marfil, embalsamando el aire con un perfume dulce y pungente al mismo tiempo.

La princesita con sus compañeros se paseaban por la terraza del palacio que se abría sobre aquel jardín, y después jugó a las escondidas alrededor de los jarrones de piedra y las antiguas estatuas cubiertas de musgo. Por lo general solo se le permitía jugar con niños de su misma alcurnia, así es que casi siempre tenía que jugar sola. Pero su cumpleaños era una ocasión excepcional, y el rey había ordenado que la niña pudiese invitar a todos los amigos que quisiera.

Los movimientos de los esbeltos niños españoles tienen una gracia majestuosa; los muchachos con sus sombreros anchos, adornados de plumas, y sus capitas flotantes; las niñas, recogiendo la cola de sus largos vestidos de brocado y protegiendo sus ojos del sol con grandes abanicos negro y plata. Pero la infanta era la más encantadora de todas, y la mejor vestida, según la aparatosa moda de aquellos tiempos. Llevaba un traje de raso gris con amplias mangas abullonadas, damasquinadas de plata, y un rígido corpiño cruzado por hilos de perlas finas. Al caminar, dos pequeños escarpines, con moñitos de cinta carmesí, se le asomaban debajo de la falda. Su inmenso abanico de gasa era rosa y nácar, y en la cabellera, que rodeaba su carita pálida como un halo de oro, llevaba prendida una rosa blanca.

Triste y melancólico, el rey observaba a los niños desde una ventana del palacio. Detrás de él estaba, de pie, su hermano, don Pedro de Aragón, a quien odiaba, y su confesor, el gran inquisidor de Granada, estaba sentado a su lado.

El rey estaba más triste que de costumbre, porque al ver a la infanta saludando con gravedad infantil a los cortesanos, o riéndose detrás del abanico de la horrible duquesa de Alburquerque, quien la acompañaba siempre, se acordaba de la reina, la madre de la infanta, que había venido del alegre país de Francia, para marchitarse en el sombrío esplendor de la Corte de España. Su amada reina había muerto seis meses después de nacer su hija, sin alcanzar a ver florecer dos veces los almendros del jardín. Tan grande había sido el amor del rey por ella, que no permitió que la tumba se la robara por completo. Un médico moro al que perdonaron la vida -porque según se murmuraba en el Santo Oficio, era hereje y sospechoso de practicar la brujería-, la embalsamó, y el cuerpo de la reina todavía descansaba en su ataúd, en la capilla de mármol negro del Palacio, tal como los monjes la habían dejado un tempestuoso día de marzo, doce años atrás. Cubierto por una capa oscura y con una bujía en la mano, el rey iba a arrodillarse al lado del sepulcro cada primer viernes del mes.

-¡Reina mía, reina mía! -gemía roncamente.

Y a veces, olvidando la rígida etiqueta que gobierna cada acto de la vida y limita hasta las expresiones del dolor en un rey, tomaba entre las suyas aquellas manos pálidas y enjoyadas, y trataba de reanimar con besos insensatos aquel rostro maquillado y frío.

Sin embargo, esta mañana le parecía verla de nuevo tal como aquella vez en que la contempló por primera vez en el castillo de Fontainebleau, cuando él solo tenía quince años, y ella era aún menor. Fue en aquella ocasión, cuando sellaron los esponsales ante el nuncio de su santidad, el propio rey de Francia y toda su Corte. Poco después él había regresado a El Escorial, llevando junto al corazón un rizo de cabellos rubios y el recuerdo de dos labios infantiles que se inclinaban a besarle la mano cuando subía a la carroza. Más tarde celebraron su matrimonio en Burgos, ciudad próxima a la frontera de ambos países, y en seguida entraron solemnemente en Madrid, asistieron a la tradicional misa mayor en la Iglesia de Atocha, y dictaron un auto de fe más solemne que de costumbre, por el cual más de trescientos herejes fueron entregados a la hoguera.

Sí, el rey la había amado con locura, y para su propio infortunio. Apenas permitía que se apartara de su lado, y por ella olvidaba, o al menos parecía olvidar, los graves asuntos del Estado. La amaba tanto que jamás llegó a comprender que las complicadas ceremonias con que trataba de entretenerla, solo conseguían agravar la extraña enfermedad que ella padecía. Cuando la reina falleció, el rey anduvo algún tiempo como privado de razón. Y sin duda habría abdicado para recluirse en el Gran Monasterio Trapense de Granada, si no hubiese temido dejar a la infanta, que todavía no tenía un año, en manos de su hermano, cuya crueldad y ambición eran famosas en toda España. Además, muchos sospechaban que don Pedro de Aragón había provocado la muerte de la reina, ofreciéndole unos guantes envenenados cuando ella lo visitó en su castillo de Aragón. Después de pasar los tres años de luto oficial que ordenó en todos sus dominios, el rey no toleró que sus ministros le hablasen de un nuevo matrimonio. El mismo emperador de Alemania le ofreció la mano de su sobrina, la encantadora archiduquesa de Bohemia, pero el rey dijo a los embajadores que él ya había contraído nupcias con el Dolor. Esta respuesta le costó a su trono perder las ricas provincias de los Países Bajos, que se rebelaron contra él, acaudilladas por los fanáticos hugonotes.

Mientras veía a la infanta jugar en la terraza, recordaba toda su vida conyugal, con sus goces vehementes y su terrible agonía. La niña tenía, al igual que la reina, esa petulancia deliciosa, ese gesto voluntarioso, la misma boca encantadora con arrogantes labios altivos, y misma sonrisa maravillosa de su madre cuando miraba hacia la ventana o tendía la manita para que la besaran los solemnes hidalgos españoles. Pero la risa penetrante de los niños le lastimaba los oídos, y el resplandor del sol se burlaba de su tristeza, y un perfume denso de especias orientales, como las que utilizan los embalsamadores, parecía viciarle el aire puro de la mañana. Escondió entre las manos sus facciones, y cuando la infanta miró nuevamente hacia la ventana, las cortinas estaban corridas, y el rey se había retirado.

La infanta hizo un gesto de desagrado y se encogió de hombros. Su padre tendría que haberla acompañado el día de su cumpleaños… ¿Qué podían importarle los aburridos asuntos del Estado?, o, ¿acaso se había ido a la sombría capilla, donde ardían continuamente los cirios, y a donde a ella no la dejaban entrar? ¡Qué tontería, cuando el sol brillaba alegremente y todo el mundo estaba contento! Además, se iba a perder el simulacro de corrida de toros, que ya anunciaban los sones de trompeta, sin contar los títeres y las demás maravillas.

Su tío Pedro y el gran inquisidor eran más cuerdos. Habían bajado a la terraza para saludarla y decirle frases bellas y galantes. Levantó entonces su cabecita, y de la mano de don Pedro descendió lentamente las escalinatas, para dirigirse hacia un gran pabellón de seda púrpura que habían levantado a un extremo del jardín. Los demás niños la seguían por orden riguroso de precedencia, ya que iban primero aquellos que tenían una serie más larga de apellidos.

Un cortejo de niños nobles, vestidos de toreros, salió a su encuentro, y el joven conde de Terra Nova, de catorce años y belleza asombrosa, se quitó el sombrero con toda la gracia de un hidalgo y la condujo con solemnidad a un pequeño trono de oro y marfil, colocado sobre un alto estrado que dominaba la plaza. Las muchachas se apiñaron a su alrededor, agitando sus inmensos abanicos y secreteándose entre ellas. Don Pedro y el gran inquisidor se quedaron riendo a la entrada. Hasta la duquesa, dama de facciones enjutas y duras, no parecía de tan mal humor como de ordinario, y por su rostro se veía vagar algo parecido a una sonrisa fría y desvaída.

Fue por cierto una soberbia corrida de toros, mucho más bonita, pensaba la infanta, que la corrida de verdad que había visto en Sevilla, cuando el duque de Parma visitó a su padre. Algunos muchachos caracoleaban sobre caballos de madera y mimbre, esgrimiendo largas lanzas adornadas con gallardetes de colores brillantes; otros iban a pie agitando delante del toro sus capas escarlata y saltando ágilmente la barrera cuando arremetía contra ellos; y en cuanto al toro, era idéntico a uno de verdad, aunque solo fuera de mimbre forrado de cuero, y mostrara una marcada tendencia a correr en dos patas por la plaza, cosa que nunca haría un toro verdadero. Sin embargo, se portó con tanta valentía, que las entusiasmadas doncellitas terminaron subidas a los bancos, agitando sus pañuelos de encaje y voceando:

-¡Bravo toro! ¡Bravo, toro bravo! -igual que si fueran personas mayores.

Finalmente el condecito de Terra Nova logró vencer al toro, y tras de recibir la venia de la infanta, hundió con tanta fuerza su estoque de madera en el morrillo del animal, que la cabeza cayó a tierra, dejando ver el rostro sonriente del vizconde de Lorena, hijo del embajador de Francia en Madrid.

Después de eso, entre aplausos entusiastas, dos pajecitos moros despejaron el ruedo, arrastrando solemnemente los caballos muertos, y tras de un corto intermedio, en el que un equilibrista francés realizó unos ejercicios vertiginosos sobre la cuerda floja, aparecieron en el escenario de un teatro expresamente construido para ese día, unas marionetas italianas, representando la tragedia semiclásica de Sofonisba. La representaron tan bien y con gestos tan naturales, que al final de la obra los ojos de la infanta estaban bañados de lágrimas. Algunos niños lloriqueaban también, y hubo que consolarlos con golosinas. El mismo gran inquisidor se sintió tan conmovido que comentó a don Pedro que le parecía intolerable que unos simples objetos de madera y cera, movidos por alambres, pudieran ser tan desdichados y sufrir tantas desdichas.

Apareció después un malabarista africano que traía una gran canasta cubierta con un velo rojo. La puso en el centro del ruedo, extrajo de su turbante una flauta de caña, y comenzó a tocar. De pronto el paño comenzó a agitarse y mientras la flauta emitía sonidos cada vez más penetrantes, dos serpientes de verde y oro asomaron sus extrañas cabezas triangulares, y se fueron levantando muy despacio, balanceándose al ritmo de la música, como una planta acuática se balancea en la corriente. Los niños se asustaron un poco, y se divirtieron mucho más cuando el malabarista hizo brotar de la tierra un naranjo diminuto, que súbitamente se cubrió de preciosas flores blancas, y por último exhibió racimos de verdaderas naranjas. Y también se sintieron fascinados cuando el africano le pidió su abanico a la hija del marqués de Las Torres, y lo transformó en un pájaro azul, que revoloteó cantando entusiasmado alrededor del pabellón. Entonces el deleite y asombro de los niños no tuvo límite.

Luego vino el espectáculo encantador del solemne minué que bailaron los niños del coro de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, de Zaragoza. La infanta no había presenciado nunca esta maravillosa ceremonia que cada año se celebra durante el mes de mayo ante el altar mayor de la Virgen. Además ningún miembro de la familia real había vuelto a entrar en la catedral de Zaragoza desde que un sacerdote loco, y según se dijo, sobornado por la solterona Isabel de Inglaterra, había intentado hacer comulgar al príncipe de Asturias con una hostia envenenada. Por eso, la infanta solo conocía de oídas aquel minuet que todos llamaban la “Danza de Nuestra Señora”.

Estos niños Zaragozanos venían vestidos con trajes antiguos, de terciopelo blanco, y sus tricornios estaban ribeteados de plata y adornados con grandes penachos de blanquísimas plumas de avestruz. Todo el mundo se sintió encantado por la lindura y dignidad con que bailaron las complicadas figuras de la danza y por la gracia de sus ademanes y reverencias. Cuando terminaron, se sacaron los sombreros para saludar a la infanta, y ella contestó con mucha cortesía, prometiendo además mandar un gran cirio al santuario, para agradecer la alegría y el placer con que la habían agasajado.

En el momento en que salían de la iglesia, un grapo de gitanitos avanzó por la plaza. Se sentaron con las piernas cruzadas, formando circulo, y empezaron a tocar suavemente sus guitarras y citaras, al tiempo que canturreaban, casi imperceptiblemente, un aire soñador y melancólico. Cuando divisaron a don Pedro, algunos se aterraron, y otros pusieron el ceño adusto y embravecido, pues pocas semanas atrás don Pedro había mandado a ahorcar por brujería a dos hombres de la tribu; pero la infanta, que los contemplaba por encima del abanico con sus grandes ojos azules, les encantó transformándoles el ánimo. Una criatura tan encantadora no podía ser cruel con nadie. Y continuaron tocando muy dulcemente, rozando las cuerdas con sus largas uñas, e inclinando sobre el pecho la cabeza, mientras cantaban como si estuvieran a punto de quedarse dormidos. Después se levantaron, desaparecieron por un instante, y regresaron con un lanudo oso pardo, sujeto por una cadena, que llevaba en los hombros varios monos de Berbería. El oso se puso de cabeza, con la mayor gravedad, y los monos hicieron todo tipo de piruetas con dos gitanillos de diez años. En verdad, los gitanos tuvieron un gran éxito con su presentación.

Pero lo más divertido de la fiesta, lo mejor de todo sin duda alguna, fue la danza del enanito. Cuando apareció en la plaza tambaleándose sobre sus piernas torcidas y balanceando su enorme cabezota deforme, los niños estallaron en ruidosas exclamaciones de alegría, y la infanta rió tanto que la camarera se vio obligada a recordarle que si bien muchas veces en España la hija de un rey había llorado delante de sus pares, no había procedente de que una princesa de Sangre Real se mostrara tan regocijada en presencia de personas inferiores a ella. Pero el enano era irresistible, y ni siquiera en la Corte de España, conocida por su afición a lo grotesco, se había visto jamás un monstruo tan extraordinario.

Fuera de eso, esta era la primera aparición en público del enano. El día anterior, mientras cazaban en uno de los sitios más apartados del bosque de encinas que rodeaba la ciudad, lo habían descubierto dos nobles, corriendo locamente entre los árboles. Los nobles pensaron que podía servir de diversión a la princesa y lo llevaron al Palacio, ya que el padre del enano, un mísero carbonero, no puso dificultad alguna en que lo libraran de un hijo que era tan horrible como inútil. Tal vez lo más divertido era la absoluta inconsciencia que tenía el enano de su grotesco aspecto. Al contrario, parecía muy feliz y orgulloso. Tanto, que cuando los niños se reían, el también reía, tan franca y alegremente como ellos, y al terminar cada danza los saludaba con las más divertidas reverencias, como si fuera igual a ellos, y no un ser raquítico y deforme, que solo servía para que los demás tuviesen algo de qué burlarse.

La infanta lo había fascinado de un modo tal que al enano se le hacía imposible dejar de mirarla, y parecía bailar solamente para ella. Cuando terminó de bailar, la niña recordó haber visto a las grandes damas de la Corte arrojarle ramos de flores a Caffarelli, el famoso tiple italiano, y entonces, en parte por burla y en parte para enojar a su camarera mayor, sacó la rosa blanca de sus cabellos y la arrojó a la plaza con la más dulce de sus sonrisas.

El enano tomó la cosa muy en serio, besó la flor con sus gruesos labios y se llevó la mano al corazón antes de arrodillarse delante de la infanta, gesticulando con sus ojos chispeantes de alegría.

Con esto se quebrantó la seriedad y compostura de la infanta que no pudo contener la risa, ni siquiera cuando el enanito desapareció de la plaza, y manifestó a su tío el deseo de que se repitiera la danza de inmediato. Pero la camarera mayor decidió que el sol calentaba demasiado y que sería preferible que su alteza regresara sin tardanza al Palacio, donde le habían preparado una fiesta maravillosa.

Al fin, la infanta se puso de pie con suma dignidad, y dio la orden de que el enanito danzase de nuevo para ella después de la siesta. Agradeció también al condecito de Terra Nova por su encantador recibimiento, y se retiró a sus habitaciones, seguida por los niños, en el mismo orden en que habían entrado.

Al saber que iba a bailar de nuevo ante la infanta, obedeciendo sus expresas órdenes, el enanito se sintió tan orgulloso y feliz, que se lanzó a correr por el jardín besando la rosa blanca en un absurdo transporte de alegría, y gesticulando del modo más estrambótico y pagano.

Hasta las flores se indignaron de aquella insolente invasión a sus dominios, y cuando le vieron hacer piruetas por los paseos y agitar los brazos de modo tan ridículo, no pudieron contenerse.

-Es demasiado horrible para permitirle estar donde estamos nosotros -exclamaron los tulipanes.

-¡Ojalá bebiera jugo de amapolas, que lo hiciera dormir más de mil años! -dijeron las grandes azucenas, encendidas de ira.

-¡Qué cosa tan horrible! -aullaron las calceolarias-. Es contrahecho y rechoncho, y no puede haber mayor desproporción entre su cabeza y sus piernas. Si se nos llega a acercar va a conocer nuestros pelitos urticantes.

-¡Y lleva una de mis rosas más bellas! -exclamó el rosal blanco-. Yo mismo se la di esta mañana a la infanta, como regalo de cumpleaños. No cabe duda que la ha robado.

Y se puso a gritar con todas sus fuerzas:

-¡Atajen al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!

Incluso los rojos geranios, que no suelen creerse grandes señores, y se les suele conocer por sus numerosas relaciones de dudosa calidad, se encresparon de disgusto cuando lo vieron. Y hasta las violetas mismas observaron -aunque dulcemente-, que si por cierto el enano era sumamente feo, la culpa no era de él. Algunas agregaron que siendo la fealdad del enanito casi ofensiva, demostraría más prudencia y buen gusto adoptando un aire melancólico o siquiera pensativo, en lugar de andar saltando como un enajenado y haciendo gestos tan grotescos y estúpidos.

En su despreocupación, el enano llegó a pasar rozando el viejo reloj de sol que antiguamente indicaba las horas nada menos que al emperador Carlos V. El venerable reloj se desconcertó tanto, que casi se olvidó de señalar los minutos, y comentó con el pavo real plateado que tomaba el sol en la balaustrada, que todo el mundo podía advertir que los hijos de los reyes eran reyes, y carboneros los hijos de los carboneros. Afirmación que aprobó el pavo real:

-¡Indudablemente, indudablemente! -dijo con voz tan áspera y chillona que los peces dorados que vivían en la fuente, sacaron del agua la cabeza preguntando qué ocurría a los grandes tritones de piedra que arrojaban sus gruesos chorros para mantener fresca el agua.

Sin embargo, los pájaros amaban al enanito. Lo habían visto bailando en la selva, como un duendecillo detrás de los torbellinos de hojas, o acurrucado en el hueco de la vieja encina, compartiendo sus nueces con las ardillas, y no les importaba en absoluto que no tuviese esos rasgos que los humanos consideran belleza. Para ellos, el enano no era en absoluto feo. El mismo ruiseñor que canta tan dulcemente en los bosques de naranjos, no es muy hermoso que digamos. Además el enanito había sido muy bueno con ellos y durante aquel invierno crudísimo, cuando no ya en los árboles no quedaba fruta ni semilla alguna, y la tierra estaba dura como el hierro, y los lobos aullaban en las mismas puertas de la ciudad buscando alimento, el enanito no los había olvidado ni un solo día; siempre les dio migajas de su mendrugo de pan negro y compartió con ellos su almuerzo, por más pobre que fuera.

Es por eso que volaron a su alrededor, rozándole el rostro con una caricia de alas y hablando entre sí. El enanito estaba tan maravillado que les mostró la hermosa rosa blanca, y les dijo que se la había dado la propia infanta, en prueba de amor.

Los pájaros no le entendieron ni una palabra, pero no importaba, porque ladeaban la cabeza y lo miraban con aire doctoral.

También las lagartijas sentían un aprecio muy grande por él, y cuando el enanito se cansó de dar volteretas por todos lados y se tendió sobre la hierba a descansar, jugaron y brincaron alrededor de él entreteniéndolo lo mejor posible.

-No todos pueden ser tan hermosos como una lagartija -exclamaban-, sería mucho pedir. Y, aunque parezca absurdo, no es tan feo cuando uno cierra los ojos y deja de verlo.

Las lagartijas son de naturaleza extraordinariamente filosófica, y muy a menudo se pasan horas y horas meditando, cuando no tienen otra cosa que hacer o llueve o hace demasiado frío para salir a pasear.

Las flores, ante esto, se sintieron fastidiadas por la manera como actuaban los lagartos y los pájaros, que para ellas resultaba desleal.

-Esto demuestra con toda claridad -decían-, cómo reblandece el cerebro ese ir y venir, ese revolotear sin sentido. La gente bien educada no se mueve de su sitio, como hacemos nosotras. ¿Quién nos ha visto corretear por los paseos o rotar sobre la hierba detrás de las libélulas? Cuando necesitamos cambiar de aire mandamos venir al jardinero, y él nos traslada de sitio. Pero los pájaros y los lagartos no tienen sentido del reposo, y de los pájaros en particular hasta se puede decir que no tienen domicilio fijo. Son simples vagabundos, como los gitanos, y como tales deberían ser tratados.

Y alzando sus corolas, adoptaron un aire más altanero todavía; solo volvieron a mostrarse alegres cuando vieron que, poco rato después, el enanito se levantó de la hierba y atravesó la terraza en dirección al Palacio.

-Como asunto de higiene pública deberían encerrarlo bajo llave para el resto de su vida -comentaron las flores-. ¿Han visto esa joroba y esa piernas retorcidas? -y empezaron a reír burlonamente.

Pero el enanito no había escuchado nada. Amaba profundamente a las aves y las largatijas, y pensaba que las flores eran la cosa más maravillosa del mundo, exceptuando naturalmente a la infanta; porque ella le había dado la rosa blanca, y le amaba, y eso establecía una gran diferencia.

¡Cómo anhelaba volver a encontrarse ante la princesita! Ella lo sentaría a su diestra, y le sonreiría, y después no volvería a apartarse de su lado; iba a ser su compañero, y le enseñaría juegos deliciosos. Porque a pesar de no haber estado nunca antes en un Palacio, él sabia hacer muchas cosas admirables. Sabía hacer jaulitas de junco para encerrar los grillos, y que cantaran dentro; y con las cañas nudosas podía fabricar flautas y caramillos. Imitaba el grito de todas las aves, y podía hacer bajar a los estorninos de la copa de los árboles, y atraer a las garzas de la laguna.

Él sabia reconocer las huellas de todos los animales y podía seguir la pista de la liebre por su rastro casi invisible, y la de los jabalíes por unas pocas hojas pisoteadas. Conocía todas las danzas salvajes: la danza desenfrenada del otoño, en traje rojo; la danza estival sobre las mieses, en sandalias azules; la danza con blancas guirnaldas de nieve, en el invierno; y la danza embriagada de las flores a través de los jardines en la primavera. Sabía en qué lugares las palomas torcazas ocultan sus nidos, y una vez que un cazador había capturado a los padres, él crió a los polluelos construyéndoles un pequeño palomar en la oquedad de un olmo desmochado. Y los domesticó con tanta habilidad que todas las mañanas acudían a comer en su mano. La infanta también los amaría, lo mismo que a los conejos, que se hacen invisibles entre los grandes helechos y las zarzas; y a los grajos, de plumas aceradas y picos negros; y a los puercoespines que pueden convertirse en una bola de púas y a las grandes galápagos, que se arrastran lentamente, menean la cabeza y comen hojas tiernas y raíces suculentas. Sí, la infanta iría a la selva, y jugaría con él. Por las noches le cedería su propia cama para que ella durmiese, y él la cuidaría hasta el alba, para que los lobos hambrientos no se allegasen demasiado a la choza. Y al amanecer, la despertaría con unos golpecitos en la ventana. Y se irían al bosque, y allí, bailando juntos, dejarían transcurrir el día entero.

Pero ¿dónde estaba la infanta? Interrogó a la rosa blanca pero no obtuvo respuesta. Todo el Palacio parecía dormir, y hasta en las ventanas abiertas colgaban pesados cortinajes para amortiguar la resolana.

Después de dar mil vueltas buscando una entrada, halló finalmente una puertecilla, que había quedado entreabierta. Se deslizó dentro con cautela, y se encontró en un salón espléndido, mucho más espléndido, pensó atemorizado, que la misma selva. Todo era dorado, y hasta el piso estaba hecho de primorosos baldosines de colores, dispuestos en dibujos geométricos.

Pero la infanta tampoco estaba allí; solo había unas maravillosas estatuas blancas, que lo miraban desde lo alto de sus zócalos de jaspe, con ojos de mirada ambigua y una extraña sonrisa en los labios.

Al fondo del salón había una cortina de terciopelo negro, lujosamente bordada de soles y estrellas; era la enseña favorita del rey. ¿No estaría la infanta ahí detrás?

Avanzó sigilosamente y descorrió la cortina. No había nadie. Era otra habitación, todavía más hermosa que la anterior. Las paredes estaban cubiertas con tapices de Arras, en tonos verdes y castaños, representando una escena de cacería. En otro tiempo esa había sido la habitación de Jean Le Fou, como llamaban a ese rey Loco, tan apasionado por la cacería, que más de una vez, en su delirio, había querido montar en los grandes corceles encabritados de los tapices, y perseguir al ciervo acosado por los enormes sabuesos. Ahora la habían destinado a sala del consejo, y sobre la mesa del centro se veían las carteras rojas de los ministros y consejeros.

El enano miró a su alrededor lleno de asombro, y casi sin atreverse a seguir su camino, a los extraños jinetes silenciosos, que galopaban tan velozmente por el bosque, sin hacer el menor ruido en la tapicería. Le parecía que eran los Comprachos, esos terribles fantasmas de que había oído hablar a los carboneros, que solo cazan de noche, y si encuentran a un hombre lo transforman en ciervo para cazarlo.

Pero el recuerdo de la encantadora infantita le hizo recobrar el coraje. Necesitaba encontrarse a solas con ella y decirle que él también la amaba.

Atravesó corriendo las alfombras persas y abrió la puerta siguiente. ¡No! Tampoco estaba allí. La habitación estaba completamente vacía.

Era el imponente salón del Trono, destinado a la recepción de los embajadores extranjeros, cuando el rey accedía a darles audiencia, cosa que sucedía rara vez. Las colgaduras eran de cuero dorado de Córdoba, y una pesada lámpara dorada colgaba del techo blanco y negro, con suficientes brazos como para sostener trescientas bujías. El trono se alzaba bajo un gran dosel de brocado de oro, donde estaban bordados los leones y las torres de Castilla. Sobre el segundo escalón del Trono estaba el reclinatorio de la infanta, con su cojín de tisú de plata; y más abajo, fuera del dosel, el asiento del nuncio pontificio, único dignatario que tenía el derecho de estar sentado en presencia del rey.

En la pared frente al trono pendía un retrato, en tamaño natural, de Carlos V en traje de caza, acompañado de su gran mastín. Otro cuadro representaba a Felipe II recibiendo el homenaje de sus vasallos de Flandes.

Mas poco le importaba toda esta magnificencia al enanito. No habría cambiado su rosa blanca por todas las perlas del dosel, ni habría dado un solo pétalo por el mismísimo trono. Lo único que quería era ver a la infanta antes de que ella fuese al pabellón, y pedirle que se marchara con él cuando la danza concluyese.

Dentro del palacio, el aire era sofocante y pesado, mientras que en la selva el viento soplaba filtrándose alegremente entre hojas fragantes y la luz del sol apartaba las ramas con sus manos doradas. También había flores en la selva, no tan espléndidas como las flores del jardín, pero de perfume más dulce: como los jacintos tempranos, las prímulas amarillas, las brillantes celidonias, las verónicas azules y los lirios de color morado y oro. ¡Sí, la Princesa se iría con él una vez que lograse encontrarla! Lo acompañaría a la selva, y él pasaría el día entero bailando para ella. Esta idea lo hizo sonreír y entró sin vacilar en la cámara siguiente.

De todas las habitaciones donde ya había estado, esta era la más espléndida y hermosa. Las paredes estaban tapizadas de damasco rojo, salpicado de pájaros y flores de plata; los muebles eran de plata maciza y ante las dos enormes chimeneas, se abrían dos grandes pantallas, con pavos reales y papagayos de hilo de oro bordado en relieve. El pavimento, de ónix color verde mar, parecía perderse en la lejanía. Pero aquí no estaba solo. Desde la sombra de la puerta, al otro extremo de la habitación, una pequeña figura lo contemplaba. Le tembló el corazón, dejó escapar un grito de alegría, y avanzó. Entonces, la figura avanzó también y el enanito consiguió distinguirla con claridad.

¿Era la infanta? No, quien se le acercaba era un monstruo, el monstruo más grotesco que podía existir. No era proporcionado como todo el mundo, sino jorobado y patizambo, con una cabezota enorme que se bamboleaba de un lado a otro, y una hirsuta crin negra. El enanito frunció el ceño, y el monstruo también lo frunció. Se echó a reír, y el monstruo se puso a reír con él, dejando caer los brazos lo mismo que él. Le hizo una reverencia burlona, y el monstruo le respondió con una reverencia todavía más irónica. Avanzó hacia él, y el monstruo vino a su encuentro remedando todos sus gestos y deteniéndose cuando él se detenía. Gritó alegremente y corrió hacia él, alargándole la mano, y la mano del monstruo tocó la suya y era fría como el hielo. Se asustó y retiró la mano y la mano del monstruo le imitó vivamente, mientras ponía una grotesca expresión de miedo.

Hizo un intento de esquivarlo y seguir adelante pero lo detuvo aquel ente, poniéndosele siempre por delante con su contacto duro y resbaladizo. La cara del monstruo estaba muy cerca de la suya, como si tratase de besarlo, y se veía patéticamente aterrorizada. Retiró los mechones que le caían sobre los ojos, y el monstruo hizo lo mismo. Lo golpeó, y el monstruo le devolvió golpe por golpe, le hizo muecas y en el rostro del monstruo se dibujaron las mismas muecas. Retrocedió, y el monstruo retrocedió también, entreabriendo una jeta repulsiva.

¿Qué extraño fenómeno era ese? Reflexionó un momento mirando en torno suyo por todo el salón. Era extraño: todo parecía tener su igual detrás de ese muro invisible de agua transparente y sólida. Si, cuadro por cuadro, y asiento por asiento todo estaba allí como duplicado. El fauno dormido, junto a la puerta, tenía su hermano gemelo que dormía también; y la Venus de plata, en pie bajo los rayos del sol, extendía los brazos a otra Venus tan hermosa como ella.

¿Sería aquello el Eco?

Recordó aquella ocasión en que había llamado al eco en el valle y el Eco le había respondido palabra por palabra. ¿Podría burlar la vista, como burlaba la voz? ¿Podría crear un mundo a imitación, idéntico al mundo real? ¿Las sombras de las cosas, podrían tener color y vida y movimiento? ¿Sería posible que…?

Se estremeció, y sacando de su pecho la rosa blanca, la besó. ¡ Pero he aquí que el monstruo también tenía una rosa, pétalo por pétalo idéntica a la suya! ¡Y la besaba con igual deleite, y la estrechaba contra su corazón haciendo gestos grotescos!

Cuando al final la verdad se abrió paso en su mente, el enano lanzó un aullido, un grito de desesperación, y cayó al pavimento sollozando. ¡Ese ser deforme y jorobado, de aspecto horrible y grotesco, era él! ¡Era él mismo, él era el monstruo, y era de él de quien se habían reído todos los muchachos… y la princesita, en cuyo amor creyera… ella también se había burlado de su fealdad, había hecho mofa de sus piernas torcidas! ¿Por qué no lo habían dejado en el bosque, donde no había espejo que le mostrara su horror? ¿Por qué no lo había matado su padre antes de permitir que se burlaran de él? Lloró lágrimas quemantes, y sus manos destrozaron la rosa blanca… y el monstruo hizo lo mismo y esparció por el aire los delicados pétalos.

El enanito se cubrió los ojos con las manos, y se alejó del espejo temiendo verlo una vez más.

Como un pobre ser herido se arrastró hacia la sombra, y allí se quedó gimiendo.

En ese preciso instante, por el ventanal abierto, entró la propia infanta con su séquito, y cuando vieron al horroroso enanito de bruces en el pavimento, golpeándolo con los puños del modo más fantástico, estallaron en alegres carcajadas.

-Sus danzas son muy graciosas -dijo la infanta-, pero su manera de actuar es mucho más divertida todavía. Lo hace casi tan bien como las marionetas, aunque con menos naturalidad.

Agitó su abanico, y aplaudió.

Pero el enanito no levantó la cabeza. Sus sollozos eran cada vez más débiles; hasta que exhaló un extraño suspiro y se oprimió el costado. Luego, cayó boca arriba y quedó inmóvil.

-¡Lo has hecho estupendo! -aplaudió la infanta después de una pausa-. Pero ahora te toca bailar.

-Sí -gritaron los demás niños-, tienes que levantarte y bailar. Eres tan inteligente como los monos de Berbería, y mucho más gracioso.

Pero el enanito no contestó.

La infanta, airada, dio un golpe en el suelo con su pie, y llamó a su tío, que estaba paseando con el chambelán, mientras leían unas cartas recién llegadas de México, donde se acababa de establecer la Santa Inquisición.

-Mi enanito se está haciendo el desobediente -gritó la infanta-. ¡Levántenlo y díganle que baile!

Los caballeros sonrieron entre sí y entraron sin prisa. Al llegar junto al enanito, don Pedro se inclinó y lo golpeó suavemente en la mejilla con su guante bordado.

-Baila ya, petit montre –dijo-. La infanta de España y de todas las Indias quiere que la diviertas.

Pero el enanito permaneció inmóvil.

-Habrá que hacer venir al verdugo -dijo enojado don Pedro.

Pero el chambelán, que miraba la escena con rostro grave, se arrodilló junto al enanito y le puso la mano sobre el corazón. Después de un momento se encogió de hombros y levantándose, hizo una profunda reverencia a la infanta diciendo:

-Mi bella princesa, tu enanito no volverá a bailar. Y es lamentable, porque es tan feo, que con seguridad habría hecho sonreír al propio rey.

-¿Y por qué no volverá a bailar? -preguntó la infanta con aire decepcionado.

-Porque su corazón se ha roto -contestó el Chambelán.

Y la infanta frunció el ceño, y sus finos labios se contrajeron en un delicioso gesto de fastidio.

-De ahora en adelante -exclamó echando a correr al jardín- procura que los que vengan a jugar conmigo no tengan corazón.

FIN



miércoles, 9 de abril de 2025

El ratón Pérez.

 




Hace mucho tiempo, justo antes de que subiera al trono la reina Mari Castaña, gobernó por entonces un rey llamado Buby I, que era amigo de los niños pobres y protector de los ratones. Fundó una fábrica de muñecos y de caballos de cartón para los niños más desfavorecidos. ¡Qué contentos se pusieron de poder jugar al fin con todos ellos!

 

Y por supuesto, el rey Buby I prohibió bajo pena de prisión cazar ningún ratón, ni usarlos para ningún fin que pudiera hacerles daño. De modo que los felinos tampoco podían perseguirlos. Y menuda se organizó un buen día cuando un gato de la realeza felina se saltó la ley y el rey Buby ordenó encerrarlo. Y aunque las crónicas hayan intentado cambiar su nombre por el de ‘Minino’, es bien sabido que se trataba de alguien muy cercano a la reina Gotona.

 

 Lo que no hemos contado hasta el momento, es por qué este rey tenía estas dos particularidades. Pues bien, todo se debe a esta historia, que el rey vivió cuando comenzó a gobernar a la edad de seis años (bajo la tutela, claro, de su madre). ¡Y qué adorable era el rey con su coronita dorada y su gran cetro en su pequeña mano! Todos le querían y admiraban.

 

Cuando al rey Buby se le empezó a mover un diente

Pues resulta que un buen día, mientras el rey tomaba una sopa, comenzó a notar que se le meneaba un diente. ¡Qué revuelo se armó! Toda la corte gritando:

 

– ¡Que se le mueve un diente! ¡Llamen a los mejores médicos!

 

Y sí, en nada se llenó el palacio de doctores de todo tipo. Y todos llegaron a la misma conclusión. No había duda: el rey Buby estaba a punto de cambiar los dientes. Pero ese diente, además, convenía arrancarlo. Y el rey Buby, que era muy valiente, dijo que sí, que lo arrancaran. Para ello ataron un hilo encarnado al diente que se movía. Y el médico más anciano y con más experiencia, tiró con tanto acierto, que apenas le dio tiempo al rey hacer un pucherito.

 

 ¡Zas! El diente salió disparado. Blanco, limpio y precioso. Tanto, que parecía una pequeña perla. Y presto, el médico fue a enseñarle el diente a la señora reina, ¿Qué harían con él? ¿Recubrirlo de oro? ¿Incrustar alguna piedra preciosa? Sin duda, podía formar parte del tesoro de la corona…

 

– ¡De eso nada!- dijo la prudente y sabia reina- ¡Mi hijo no será diferente a otros niños!

 

Y todos sabemos qué hacen los niños con sus dientes de leche que se caen: colocarlos bajo la almohada para que el Ratón Pérez se los lleve a cambio de una moneda o cualquier otro detalle que crea conveniente. Y así es desde que el mundo es mundo, sin que haya memoria de que alguna vez dejara el Ratón Pérez de venir a recoger el diente y dejar a cambio un espléndido regalo.

 

La carta del rey al ratoncito Pérez

Así que el rey Buby se apresuró a escribir una carta al Ratón Pérez, no sin antes mancharse de tinta los cinco dedos de la mano, la nariz y la boca… ah, ¡y un poco de la oreja izquierda! Y todo ilusionado guardó la carta junto al diente en un sobre y lo colocó debajo de la almohada.

 

Llenó el pasillo de candelabros para que el ratón no perdiera el camino y se fue pronto a dormir, aunque intentó no cerrar los ojos, porque claro, quería conocerlo. Pero el ratón tardaba y tardaba… y el rey Buby se entretenía pensando en el discurso que podría decir cuando lo viera. Intentaba abrir los ojos el rey Buby lo más que podía, luchando contra el sueño. Pero el Ratón Pérez no venía, y el sueño terminó cerrándole los ojos por completo, así que se terminó acurrucando en la cama bajo las mullidas y cálidas sábanas.

 

Pero de pronto, sintió que algo suave le rozaba la frente, y al abrir los ojos, vio delante de sí, de pie, sobre la almohada, un pequeño ratón con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lino crudo y una cartera roja, en bandolera, a la espalda.

  

El Ratón Pérez y el rey se hacen amigos

El Ratón Pérez, cuento infantil

El cuento original del Ratón Pérez

El rey Buby se pegó un buen susto: ahí estaba el mismísimo Ratón Pérez, que de pronto se quitó el sombrero para hacer una graciosa reverencia e inclinarse hasta los pies. Y el rey Buby, que olvidó de pronto el discurso que se había preparado, solo acertó a balbucear:

 

– Buenas noches.

 

A lo que el educado Ratón Pérez respondió:

 

– Dios se las dé a vuestra majestad muy buenas.

 

Y así es cómo el rey Buby y el Ratón Pérez se hicieron desde ese momento los mejores amigos del mundo.

 

Era sabido que el Ratón Pérez había viajado muchísimo y poseía una gran sabiduría. Se conocía todas las cañerías y sótanos del reino. Y había dormido en infinidad de bibliotecas. Al rey Buby le habló de su familia, que no era muy numerosa: dos hijas casaderas (Adelaida y Elvira) y un hijo adolescente, Adolfo, que se había empeñado en estudiar para diplomático.

 

 Y el rey Buby le escuchaba embobado, mientras intentaba cogerle el rabo de vez en cuando, cosa imposible, porque el ratoncito se movía con agilidad, sorteando la rápida mano del monarca.

 

La transformación del rey

Y allí estuvo el Ratón Pérez un buen rato. Y como vio que era tarde y el rey no se despedía, tuvo que poner fin a la conversación:

 

– Majestad, debo recoger el diente de un niño muy pobre en la calle Jacometrezo… Gilito, se llama… debería marchar ya.

 

– Oh, pero por allí anda un gato malvado: Gaiferos. Tendré que acompañarte para asegurarme de que no te pase nada.

 

– Es una responsabilidad muy grande, alteza, No debe salir de palacio. Además, debo parar antes por mi casa para recoger el regalo para Gilito.

 

– Pues te acompañaré a tu casa.

 

¡Menudo honor! El ratón Pérez no pudo rechazar una visita real. ¿Qué diría su mujer? Así que accedió. Vivía el ratón Pérez en la calle Arenal, 8, en los sótanos de un ultramarinos en donde se apilaban olorosos quesos gruyere, de los que bien se abastecía la familia Pérez. Pero antes de partir para allá, y según se vestía el rey Buby, el ratoncito Pérez subió a su hombro y metió su cola en la nariz del niño, que estornudó y, como por arte de magia, se transformó en un lindo ratón, todo dorado. ¡Parecía estar hecho de oro!

 

Le tomó de la mano el Ratón Pérez y le condujo por un agujero que había bajo la alfombra, por unas cañerías que él se conocía muy bien a pesar de estar oscuras. A veces se detenía el ratón en alguna encrucijada, y exploraba el terreno antes de seguir adelante. Y el rey Buby, por primera vez, sintió miedo y escalofríos. La verdad es que no estaba de buen humor, aunque pronto recordó que el miedo es natural en los prudentes, y el vencerlo, de valientes. Así que, sin más, siguió adelante, más animado y valeroso.

 

La familia del Ratón Pérez

Y pronto llegaron al sótano en donde vivía el Ratón Pérez. Atravesaron montañas de quesos y cajas de galletas apiladas. Y enseguida el roedor pudo presentar a toda su familia a su majestad.

 

Bordaba la señora ratona un gorro junto a la chimenea, y las tres ratoncitas, hijas del Ratón Pérez, se apresuraron a dedicar una estilosa reverencia. Pronto se sentaron todos a tomar un té, y Adelaida cantó al arpa el aria de Desdémona, con un gusto que encantó al rey Buby. Después llegó el alocado hijo del ratoncito.

 

 Sin duda fue una velada encantadora, pero el Ratón Pérez recordó que debían partir para Jacometrezo. Pero antes, el Ratón Pérez llamó a un grupo de fornidos ratones, para que les escoltaran hasta la casa del niño pobre.

 

Llegaron a un boquete en una fachada, y el pelotón de guerreros desapareció. Sin duda, había llegado el momento más peligroso, y el Ratón Pérez se asomó por el agujero para observar la situación. Entonces tomó al rey Buby por la mano y de un tirón, le llevó corriendo por el agujero, atravesando una cocina, hasta otro agujero que había en la pared justo enfrente, tras el fogón.

 

Sin embargo, al rey Buby le dio tiempo a observar al temible gato Gaiferos, hecho un ovillo, que dormía allí mismo, en esa cocina. Junto a él, una vieja muy fea también dormía, con una calceta a medio hacer caída sobre las faldas. ¡Era un panorama aterrador!

 

El encuentro con Gilito

El Ratón Pérez, el cuento original

El Ratón Pérez y Buby conocen a Gilito

Pasó el peligro al atravesar el agujero del fogón, y ya solo tuvieron que subir hasta la buhardilla, que era donde Gilito vivía. Era una habitación repleta de penurias. Con una sola silla, y el techo tan bajo, que ni un hombre podía ponerse de pie. Colgado del techo, un cesto de pan vacío. Y en medio del cuarto, una cama de paja y trapos en donde dormían abrazados Gilito y su madre.

 

El pobre rey Buby no pudo soportar aquello, y rompió a llorar desconsoladamente. ¿Cómo era posible que en su reino vivieran niños tan pobres? Ya no quería él sábanas de seda mientras hubiera niños sin ropa que ponerse…

 

 Intentó el Ratón Pérez consolar al rey, mostrándole la brillante moneda que iba a dejar bajo la almohada de Gilito a cambio de su diente. Y justo cuando hizo el cambio, la madre de Gilito se despertó, porque empezaba a clarear el día. Desperezó con mucha ternura a su hijo y ambos se pusieron a rezar frente a una imagen del niño Jesús de Praga que tenían colgada en la pared. Y el pequeño Gilito comenzó a decir:

 

– Padre nuestro que estás en los cielos…

 

Y Bubby se quedó de piedra, totalmente absorto.

 

El Ratón Pérez le indicó entonces que tenían que emprender ya el camino de vuelta. En nada llegaron a la alcoba del rey, y al volver a meter la cola el Ratón Pérez en la nariz del monarca, estornudó y de pronto apareció en su cama, entre los brazos de su madre, la reina, que intentaba despertarle.

 

La duda del rey Buby

Por un momento pensó que todo había sido un sueño, pero entonces levantó la almohada y vio que el sobre con su diente ya no estaba. En su lugar había un estuche con el símbolo bordado del Toisón de oro. Sin embargo, lo dejó caer sobre la colcha, sin apenas mirarlo. Y, pensativo, preguntó a su madre:

 

– Mamá, ¿por qué los niños pobres rezan lo mismo que yo?

 

Y la reina respondió:

 

– Porque Dios es Padre para todos, ricos y pobres.

 

– Entonces, mamá… somos hermanos. Y entonces, ¿por qué yo soy rey y tengo de todo y ellos son pobres y no tienen nada?

 

Y la reina, abrazando a su hijo, respondió:

 

– Porque tú eres el hermano mayor, y Dios te ha elegido para que cuides y protejas a tus hermanos pequeños.

 

Desde entonces, el rey Buby siempre se acordó en sus oraciones de todos los Gilitos que eran sus hermanos. Y ya cuando murió, y subió al Cielo, un buen número de Gilitos le abrieron muy contentos la puerta del Reino de los Cielos, pues estaban deseando recibir al que fue su hermano mayor en la tierra.


Reflexiones sobre el cuento del Ratón Pérez

Este cuento que popularizó la figura del Ratón Pérez, está repleto en realidad de referencias relacionadas con numerosos valores esenciales y con emociones que todos sentimos desde la infancia. Más allá de la tierna historia de este famoso roedor que cambia los dientes por un regalo, el relato nos lleva a vivir una gran aventura no exenta de peligros y descubrimientos para el niño:

 

El miedo, escudo de la prudencia: Llama la atención cómo el rey describe esa emoción que afecta a todos por igual sin importar la edad, sexo o condición social. Se trata del miedo ante lo desconocido, y ante una situación de peligro. Sin embargo, el rey interpreta este miedo como algo bueno, como una alerta de la prudencia. Y añade que vencerlo, dominarlo, es además símbolo de valentía. De esta forma, el rey Buby consigue dominar el miedo y transformar esta experiencia en un recuerdo agradable.

La compasión y la empatía: Otra de las escenas más conmovedoras de esta historia es el encuentro entre el rey Buby y Gilito, el niño que representa a todos los pobres. El rey llora al ver tanta penuria, porque siente a través de la empatía sus dificultades, su frío y su hambre. No es capaz de comprender por qué unos tienen tanto y otros tan poco… Pero al menos entiende, gracias al Ratón Pérez, que él puede ayudarle, intentando promover una mayor igualdad.

Fin.