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jueves, 3 de abril de 2025

Las aventuras de Mowgli [Cuento].

 





Las aventuras de Mowgli.

 

-Resumen: Erase una vez una familia de lobos que se encontró un cachorro de hombre. Cómo esa familia acababa de tener cachorritos decidieron cuidar del cachorro de hombre, porque Shier Kan, el tigre, lo estaba persiguiendo para matarlo. Decidieron llamarlo Mowgli. Cuándo creció, conoció a Baguira, la pantera negra, y a Balu, el oso pardo que le enseñaba la ley de la selva, las llamadas de los animales y sobre todo, que no se juntase con los monos. Mowgli le preguntó a Balu porque eran tan malos los monos y Balu le contestó, que siempre traían problemas. Cuándo terminó la clase Mowgli se encontró con los monos y estos lo secuestraron. Cómo Balu y Baguira iban por detrás lo vieron todo y siguieron a los monos, pero en mitad del camino se encontraron a Kaa la serpiente pitón. Kaa decidió ayudarles y les acompaño a la ciudad donde vivían los monos. Cuándo llegaron Baguira, Balu y Kaa todo parecía estar deshabitado, hasta que aparecieron los monos con Mowgli. Entonces, se armó una gran lucha y Kaa termino comiéndose a unos cuántos monos. Balu y Baguira saludaron a Mowgli y se marcharon cuánto antes. Cuándo estaban volviendo a la cueva donde vivía, apareció Shier Kan y Mowgli aprovechó para matar al tigre clavándole una navaja en la cabeza. Mowgli se convirtió en un hombre y se casó con una mujer que vivía en la aldea.

Fin.

 

- Personajes: Mowgli, Balu, Baguira, Kaa y Shier Kan.

 



miércoles, 2 de abril de 2025

El ruiseñor y la rosa.

 






El ruiseñor y la rosa

[Cuento - Texto completo.]

Oscar Wilde

-Dijo que bailaría conmigo si le llevaba una rosa roja -se lamentaba el joven estudiante-, pero no hay una solo rosa roja en todo mi jardín.

Desde su nido de la encina, oyóle el ruiseñor. Miró por entre las hojas asombrado.

-¡No hay ni una rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.

Y sus bellos ojos se llenaron de llanto.

-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! He leído cuanto han escrito los sabios; poseo todos los secretos de la filosofía y encuentro mi vida destrozada por carecer de una rosa roja.

-He aquí, por fin, el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Le he cantado todas las noches, aún sin conocerlo; todas las noches les cuento su historia a las estrellas, y ahora lo veo. Su cabellera es oscura como la flor del jacinto y sus labios rojos como la rosa que desea; pero la pasión lo ha puesto pálido como el marfil y el dolor ha sellado su frente.

-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante-, y mi amada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja, la tendré en mis brazos, reclinará su cabeza sobre mi hombro y su mano estrechará la mía. Pero no hay rosas rojas en mi jardín. Por lo tanto, tendré que estar solo y no me hará ningún caso. No se fijará en mí para nada y se destrozará mi corazón.

-He aquí el verdadero enamorado -dijo el ruiseñor-. Sufre todo lo que yo canto: todo lo que es alegría para mí es pena para él. Realmente el amor es algo maravilloso: es más bello que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden pagarlo porque no se halla expuesto en el mercado. No puede uno comprarlo al vendedor ni ponerlo en una balanza para adquirirlo a peso de oro.

-Los músicos estarán en su estrado -decía el joven estudiante-. Tocarán sus instrumentos de cuerda y mi adorada bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que su pie no tocará el suelo, y los cortesanos con sus alegres atavíos la rodearán solícitos; pero conmigo no bailará, porque no tengo rosas rojas que darle.

Y dejándose caer en el césped, se cubría la cara con las manos y lloraba.

-¿Por qué llora? -preguntó la lagartija verde, correteando cerca de él, con la cola levantada.

-Si, ¿por qué? -decía una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.

-Eso digo yo, ¿por qué? -murmuró una margarita a su vecina, con una vocecilla tenue.

-Llora por una rosa roja.

-¿Por una rosa roja? ¡Qué tontería!

Y la lagartija, que era algo cínica, se echo a reír con todas sus ganas.

Pero el ruiseñor, que comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando sobre el misterio del amor.

De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.

Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra atravesó el jardín.

En el centro del prado se levantaba un hermoso rosal, y al verle, voló hacia él y se posó sobre una ramita.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son blancas -contestó-, blancas como la espuma del mar, más blancas que la nieve de la montaña. Ve en busca del hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía entorno del viejo reloj de sol.

-Dame una rosa roja -le gritó -, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el rosal meneó la cabeza.

-Mis rosas son amarillas -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan sobre un tronco de árbol, más amarillas que el narciso que florece en los prados antes de que llegue el segador con la hoz. Ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá el te dé lo que quieres.

Entonces el ruiseñor voló al rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante.

-Dame una rosa roja -le gritó-, y te cantaré mis canciones más dulces.

Pero el arbusto meneó la cabeza.

-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas, más rojas que los grandes abanicos de coral que el océano mece en sus abismos; pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, el huracán ha partido mis ramas, y no tendré más rosas este año.

-No necesito más que una rosa roja -gritó el ruiseñor-, una sola rosa roja. ¿No hay ningún medio para que yo la consiga?

-Hay un medio -respondió el rosal-, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.

-Dímelo -contestó el ruiseñor-. No soy miedoso.

-Si necesitas una rosa roja -dijo el rosal -, tienes que hacerla con notas de música al claro de luna y teñirla con sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en mis espinas. Cantarás para mí durante toda la noche y las espinas te atravesarán el corazón: la sangre de tu vida correrá por mis venas y se convertirá en sangre mía.

-La muerte es un buen precio por una rosa roja -replicó el ruiseñor-, y todo el mundo ama la vida. Es grato posarse en el bosque verdeante y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carro de perlas. Suave es el aroma de los nobles espinos. Dulces son las campanillas que se esconden en el valle y los brezos que cubren la colina. Sin embargo, el amor es mejor que la vida. ¿Y qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?

Entonces desplegó sus alas obscuras y emprendió el vuelo. Pasó por el jardín como una sombra y como una sombra cruzó el bosque.

El joven estudiante permanecía tendido sobre el césped allí donde el ruiseñor lo dejó y las lágrimas no se habían secado aún en sus bellos ojos.

-Sé feliz -le gritó el ruiseñor-, sé feliz; tendrás tu rosa roja. La crearé con notas de música al claro de luna y la teñiré con la sangre de mi propio corazón. Lo único que te pido, en cambio, es que seas un verdadero enamorado, porque el amor es más sabio que la filosofía, aunque ésta sea sabia; más fuerte que el poder, por fuerte que éste lo sea. Sus alas son color de fuego y su cuerpo color de llama; sus labios son dulces como la miel y su hálito es como el incienso.

El estudiante levantó los ojos del césped y prestó atención; pero no pudo comprender lo que le decía el ruiseñor, pues sólo sabía las cosas que están escritas en los libros.

Pero la encina lo comprendió y se puso triste, porque amaba mucho al ruiseñor que había construido su nido en sus ramas.

-Cántame la última canción -murmuró-. ¡Me quedaré tan triste cuando te vayas!

Entonces el ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que ríe en una fuente argentina.

Al terminar la canción, el estudiante se levantó, sacando al mismo tiempo su cuaderno de notas y su lápiz.

“El ruiseñor -se decía paseándose por la alameda-, el ruiseñor posee una belleza innegable, ¿pero siente? Me temo que no. Después de todo, es como muchos artistas: puro estilo, exento de sinceridad. No se sacrifica por los demás. No piensa más que en la música y en el arte; como todo el mundo sabe, es egoísta. Ciertamente, no puede negarse que su garganta tiene notas bellísimas. ¿Que lástima que todo eso no tenga sentido alguno, que no persiga ningún fin práctico!”

Y volviendo a su habitación, se acostó sobre su jergoncillo y se puso a pensar en su adorada.

Al poco rato se quedo dormido.

Y cuando la luna brillaba en los cielos, el ruiseñor voló al rosal y colocó su pecho contra las espinas.

Y toda la noche cantó con el pecho apoyado sobre las espinas, y la fría luna de cristal se detuvo y estuvo escuchando toda la noche.

Cantó durante toda la noche, y las espinas penetraron cada vez más en su pecho, y la sangre de su vida fluía de su pecho.

Al principio cantó el nacimiento del amor en el corazón de un joven y de una muchacha, y sobre la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo, canción tras canción.

Primero era pálida como la bruma que flota sobre el río, pálida como los pies de la mañana y argentada como las alas de la aurora.

La rosa que florecía sobre la rama más alta del rosal parecía la sombra de una rosa en un espejo de plata, la sombra de la rosa en un lago.

Pero el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó más contra las espinas y su canto fluyó más sonoro, porque cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un hombre y de una virgen.

Y un delicado rubor apareció sobre los pétalos de la rosa, lo mismo que enrojece la cara de un enamorado que besa los labios de su prometida.

Pero las espinas no habían llegado aún al corazón del ruiseñor; por eso el corazón de la rosa seguía blanco: porque sólo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa.

Y el rosal gritó al ruiseñor que se apretase más contra las espinas.

-Apriétate más, ruiseñorcito -le decía-, o llegará el día antes de que la rosa esté terminada.

Entonces el ruiseñor se apretó aún más contra las espinas, y las espinas tocaron su corazón y él sintió en su interior un cruel tormento de dolor.

Cuanto más acerbo era su dolor, más impetuoso salía su canto, porque cantaba el amor sublimado por la muerte, el amor que no termina en la tumba.

Y la rosa maravillosa enrojeció como las rosas de Bengala. Purpúreo era el color de los pétalos y purpúreo como un rubí era su corazón.

Pero la voz del ruiseñor desfalleció. Sus breves alas empezaron a batir y una nube se extendió sobre sus ojos.

Su canto se fue debilitando cada vez más. Sintió que algo se le ahogaba en la garganta.

Entonces su canto tuvo un último destello. La blanca luna le oyó y olvidándose de la aurora se detuvo en el cielo.

La rosa roja le oyó; tembló toda ella de arrobamiento y abrió sus pétalos al aire frío del alba.

El eco le condujo hacia su caverna purpúrea de las colinas, despertando de sus sueños a los rebaños dormidos.

El canto flotó entre los cañaverales del río, que llevaron su mensaje al mar.

-Mira, mira -gritó el rosal-, ya está terminada la rosa.

Pero el ruiseñor no respondió; yacía muerto sobre las altas hierbas, con el corazón traspasado de espinas.

A medio día el estudiante abrió su ventana y miró hacia afuera.

-¡Qué extraña buena suerte! -exclamó-. ¡He aquí una rosa roja! No he visto rosa semejante en toda vida. Es tan bella que estoy seguro de que debe tener en latín un nombre muy enrevesado.

E inclinándose, la cogió.

Inmediatamente se puso el sombrero y corrió a casa del profesor, llevando en su mano la rosa.

La hija del profesor estaba sentada a la puerta. Devanaba seda azul sobre un carrete, con un perrito echado a sus pies.

-Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja -le dijo el estudiante-. He aquí la rosa más roja del mundo. Esta noche la prenderás cerca de tu corazón, y cuando bailemos juntos, ella te dirá cuanto te quiero.

Pero la joven frunció las cejas.

-Temo que esta rosa no armonice bien con mi vestido -respondió-. Además, el sobrino del chambelán me ha enviado varias joyas de verdad, y ya se sabe que las joyas cuestan más que las flores.

-¡Oh, qué ingrata eres! -dijo el estudiante lleno de cólera.

Y tiró la rosa al arroyo.

Un pesado carro la aplastó.

-¡Ingrato! -dijo la joven-. Te diré que te portas como un grosero; y después de todo, ¿qué eres? Un simple estudiante. ¡Bah! No creo que puedas tener nunca hebillas de plata en los zapatos como las del sobrino del chambelán.

Y levantándose de su silla, se metió en su casa.

“¡Qué tontería es el amor! -se decía el estudiante a su regreso-. No es ni la mitad de útil que la lógica, porque no puede probar nada; habla siempre de cosas que no sucederán y hace creer a la gente cosas que no son ciertas. Realmente, no es nada práctico, y como en nuestra época todo estriba en ser práctico, voy a volver a la filosofía y al estudio de la metafísica.”

Y dicho esto, el estudiante, una vez en su habitación, abrió un gran libro polvoriento y se puso a leer.

 

 


“The Nightingale and the Rose”,
The Happy Prince and Other Tales, 1888

 


Más Cuentos de Oscar Wilde


martes, 1 de abril de 2025

Hansel y Gretel.

 






Hansel y Gretel.

 

Un humilde leñador vivía con sus dos hijos y su nueva esposa en un bosque a las afueras del pueblo. El niño se llamaba Hansel y la niña, Gretel. Todos los días el leñador trabajaba sin descanso. Sin embargo, llegó un momento en el que no le alcanzaba para el sustento de su familia. Preocupado, el leñador le dijo a su esposa una noche:

 

—No tengo lo suficiente para comprar pan y mantequilla, ¿qué haré para alimentarnos y alimentar a los niños?

 

—Esto es lo que haremos —respondió la mujer—, mañana por la mañana, llevaré a Hansel y a Gretel a la entrada del pueblo y los dejaré ahí; una familia acaudalada se apiadará de ellos y vivirán una vida muy cómoda y feliz. Entonces, solo tendremos que preocuparnos por nosotros.

 

—Jamás lo permitiré —dijo el hombre—. ¿Cómo crees que puedo abandonar a mis hijos?

 

—Debes hacerlo —refutó la mujer—. Si no lo haces, todos vamos a tener hambre.

 

Los dos niños, incapaces de dormir por el hambre, habían escuchado la conversación. Llorando, Gretel le dijo a su hermano:

 

—Hansel, no puedo creer lo que hemos escuchado.

 

—No te preocupes Gretel —respondió Hansel con voz tranquila—. Tengo una idea.

 

Al amanecer, la malvada mujer despertó a sus dos hijastros gritando:

 

—¡Levántense ya, no sean flojos! Vamos al mercado a comprar alimentos.

 

Luego, les dio a los pequeños un trozo de pan y les dijo:

 

—Este es el almuerzo; no se lo coman enseguida, porque no hay más.

 

Gretel guardó el pan en su delantal. Hansel puso el suyo en el bolsillo de su abrigo y lo desmenuzó en secreto, con cada paso que daba, arrojaba las migas de pan en el camino.

 

—Espérenme aquí —dijo la madrastra cuando se encontraban en medio del bosque—, ya regreso.

 

Sin embargo, pasaron las horas sin que volvieran a saber de la mujer. Tan grande era su maldad que los había abandonado sin tomarse la molestia de dejarlos en el pueblo.

 

Hansel y Gretel se sentaron en la oscuridad y compartieron el pedazo de pan de Gretel. Pronto, los dos niños se quedaron dormidos. Cuando despertaron en medio de la noche, Gretel comenzó a llorar y dijo:

 

—¿Cómo encontraremos el camino a casa?

 

Hansel la consoló diciéndole:

 

—Espera a que salga la luna, luego seguiremos mi camino de migas de pan hasta la casa. Sin embargo, cuando salió la luna no pudieron seguir el camino porque las aves del bosque se habían comido las migas. Los dos pequeños se encontraban perdidos en el bosque.

 

Después de muchos días y noches de vagar por el bosque, los niños hallaron una casita que estaba hecha con pan de jengibre.

 

—¡Comamos! —dijo Hansel—, mordisqueando el techo mientras Gretel probaba parte de la ventana.

 

De repente, la puerta se abrió y una anciana salió cojeando apoyada en un bastón. Hansel y Gretel estaban tan asustados que dejaron caer los pedazos de jengibre que habían estado comiendo. La anciana sonrió muy amablemente y les dijo:

 

—Soy una viejita muy solitaria, me siento muy feliz de verlos.

 

La anciana los condujo al interior de su casa, cocinándoles una maravillosa cena. Luego, los llevó a dos lindas camitas, y Hansel y Gretel durmieron cómodamente. Pero la amable anciana era en realidad una bruja que usaba su casa para atrapar a los niños y convertirlos en muñecos de jengibre.

 

Temprano en la mañana, la bruja encerró a Hansel en una jaula mientras dormía. Luego despertó a Gretel y le dijo:

 

—Levántate floja, y ayúdame a preparar el horno. ¡Voy a convertir a tu hermano en un muñeco de jengibre!

 

Gretel lloró al escuchar las palabras de la bruja, pero no tuvo más remedio que hacer lo que le ordenaba. Cuando la niña encendió el fuego del horno, la bruja le dio una nueva orden:

 

—Métete adentro y mira si el horno está lo suficientemente caliente.

 

En el momento que Gretel estuviera dentro, la bruja tenía la intención de cerrar el horno y convertir a la pobre niña en una muñeca de jengibre. Pero Gretel conocía las crueles intenciones de la bruja y respondió:

 

— No sé qué hacer, ¿cómo entro al horno?

 

—La puerta es lo suficientemente grande, mírame entrar —respondió la bruja muy molesta.

 

Luego, abrió la puerta del horno mágico y se metió adentro. Gretel instantáneamente cerró la puerta. Una vez dentro del horno, ¡la bruja se convirtió en una muñeca de jengibre!

 

Gretel liberó a Hansel de su prisión. A la salida de la casa de la bruja, Hansel tropezó con un baúl lleno de joyas. Los dos niños se llenaron los bolsillos de oro, perlas y diamantes. Felices, recorrieron el bosque hasta que vieron a su padre en la distancia.

 

El angustiado hombre abrazó a sus hijos con fuerza, todos los días salía a buscarlos. Tanta era su pena que no quiso volver a saber de su malvada esposa. Hansel sacó las joyas de sus bolsillos, y dijo con emoción:

 

—Mira papá, nunca tendrás que volver a cortar leña.

 

Fue así que esta pequeña familia vivió feliz para siempre.

 

Cuento de Hansel y Gretel.

 

Fin.



jueves, 27 de marzo de 2025

Ricitos de oro.

 




Ricitos de oro.

 

Érase una vez una familia de osos que vivían en una linda casita en el bosque. Papá Oso era muy grande, Mamá Osa era de tamaño mediano y Osito era pequeño.

 

Una mañana, Mamá Osa sirvió la más deliciosa avena para el desayuno, pero como estaba demasiado caliente para comer, los tres osos decidieron ir de paseo por el bosque mientras se enfriaba. Al cabo de unos minutos, una niña llamada Ricitos de Oro llegó a la casa de los osos y tocó la puerta. Al no encontrar respuesta, abrió la puerta y entró en la casa sin permiso.

 

En la cocina había una mesa con tres tazas de avena: una grande, una mediana y una pequeña. Ricitos de Oro tenía un gran apetito y la avena se veía deliciosa. Primero, probó la avena de la taza grande, pero la avena estaba muy fría y no le gustó. Luego, probó la avena de la taza mediana, pero la avena estaba muy caliente y tampoco le gustó. Por último, probó la avena de la taza pequeña y esta vez la avena no estaba ni fría ni caliente, ¡estaba perfecta! La avena estaba tan deliciosa que se la comió toda sin dejar ni un poquito.

 

Después de comer el desayuno de los osos, Ricitos de Oro fue a la sala. En la sala había tres sillas: una grande, una mediana y una pequeña. Primero, se sentó en la silla grande, pero la silla era muy alta y no le gustó. Luego, se sentó en la silla mediana, pero la silla era muy ancha y tampoco le gustó. Fue entonces que encontró la silla pequeña y se sentó en ella, pero la silla era frágil y se rompió bajo su peso.

 

Buscando un lugar para descansar, Ricitos de Oro subió las escaleras, al final del pasillo había un cuarto con tres camas: una grande, una mediana y una pequeña. Primero, se subió a la cama grande, pero estaba demasiado dura y no le gustó. Después, se subió a la cama mediana, pero estaba demasiado blanda y tampoco le gustó. Entonces, se acostó en la cama pequeña, la cama no estaba ni demasiado dura ni demasiado blanda. De hecho, ¡se sentía perfecta! Ricitos de Oro se quedó profundamente dormida.

 

Al poco tiempo, los tres osos regresaron del paseo por el bosque. Papá Oso notó inmediatamente que la puerta se encontraba abierta:

 

—Alguien ha entrado a nuestra casa sin permiso, se sentó en mi silla y probó mi avena —dijo Papá Oso con una gran voz de enfado.

 

—Alguien se ha sentado en mi silla y probó mi avena —dijo Mamá Osa con una voz medio enojada.

 

Entonces, dijo Osito con su pequeña voz:

 

—Alguien se comió toda mi avena y rompió mi silla.

 

Los tres osos subieron la escalera. Al entrar en la habitación, Papá Oso dijo:

 

—¡Alguien se ha acostado en mi cama!

 

Y Mamá Osa exclamó:

 

—¡Alguien se ha acostado en mi cama también!

 

Y Osito dijo:

 

—¡Alguien está durmiendo en mi cama! —y se puso a llorar desconsoladamente.

 

El llanto de Osito despertó a Ricitos de Oro, que muy asustada saltó de la cama y corrió escaleras abajo hasta llegar al bosque para jamás regresar a la casa de los osos.

Fin.



miércoles, 19 de marzo de 2025

El escarabajo de oro.

 








Nota: Por problemas de edición, puedes continuar leyendo este cuento, si visitas: www.ciudadseva.com 

lunes, 17 de marzo de 2025

Juan y las habichuelas magicas.

 


  


Juan vivía con su madre en una pequeña cabaña del bosque. Poco después de que su padre muriera y su madre quedara viuda, la situación de la familia empeoró tanto que la madre tuvo que pedirle a Juan que fuera a la ciudad para intentar vender su única posesión valiosa: una vaca. El niño tomó la vaca y se dirigió a la ciudad. En el camino encontró a un hombre que le preguntó:

– ¿Adónde vas con esa vaca? ¿Quieres venderla?

Juan le explicó que se dirigía a la ciudad para vender la vaca porque él y su madre necesitaban el dinero. El hombre le dijo que no podía pagarle el precio de la vaca pero que podía darle unas habichuelas a cambio. Le explicó que se trataba de unas habichuelas mágicas que podían darle mucho más beneficios que el dinero que conseguiría por la vaca. Sin pensarlo dos veces, Juan aceptó el cambio y volvió a casa muy contento con su bolsa de habichuelas. Cuando llegó, le mostró a su madre la bolsa y esta, con gran disgusto y desesperación, rompió en llanto. Contrariada, la madre tomó las habichuelas y las arrojó a la tierra diciéndole al niño:

– Estamos perdidos, nuestro único tesoro era la vaca y ahora ni siquiera podemos contar con ella.

Al día siguiente, cuando Juan se levantó y abrió la ventana de su habitación, vio que las habichuelas habían crecido tanto que sus ramas se perdían de vista. Sin pensarlo dos veces, trepó por la planta y subió lo más alto que pudo, por encima de las nubes, hasta que llegó a una ciudad desconocida.

Juan bajo de la planta y comenzó a recorrer la ciudad. Había andado muy poco cuando vio un enorme castillo que pertenecía a un malvado gigante. En el castillo había una gallina que ponía huevos de oro cada vez que se le ordenaba. Entonces Juan pensó que con los huevos de aquella gallina él y su madre podrían tener el dinero que necesitaban para comprar la comida. Esperó a que el gigante se durmiera y, muy despacito, se llevó algunos huevos de la gallina. Salió corriendo del castillo, llegó hasta las ramas de las habichuelas y comenzó a bajar poco a poco. Ya en el suelo, salió corriendo hasta la cabaña y le contó a su madre lo que había sucedido. Su madre se puso muy contenta y así vivieron un tiempo hasta que el dinero por el que habían vendido los huevos de oro se terminó.

Cuento infantil: Juan y las habichuelas mágicas - Clker-Free-Vector-Images en Pixabay

Entonces Juan volvió a trepar por la planta hasta el castillo del gigante, pero esta vez, en vez de llevarse más huevos, decidió que era mejor tomar la gallina. Así que esperó a que el gigante se durmiera, tomó a la gallina, la metió dentro de una bolsa y salió disparado hacia su casa. Con los huevos que ponía la gallina su madre y Juan vivieron tranquilos por mucho tiempo, hasta que un día la gallina se murió.

En esta ocasión, Juan volvió a treparse por la planta y regresó al castillo. Se escondió tras una cortina y vio cómo el gigante contaba las monedas de oro que sacaba de una gran bolsa. Solo tuvo que esperar a que el gigante se durmiera y rápidamente recogió la bolsa con las monedas de oro y echó a correr hasta la planta, descendió y llegó a su casa.

Con las monedas de oro tuvieron dinero para vivir mucho tiempo. Sin embargo, las monedas también se acabaron y Juan tuvo que volver a escalar una vez más las ramas de la planta para ir al castillo del gigante en busca de un nuevo tesoro. En esta ocasión vio al gigante guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro.

En cuanto el gigante salió de la habitación, el niño tomó la cajita y la guardó. Desde su escondite, Juan vio que el gigante se tumbaba en un sofá, mientras escuchaba el sonido de un arpa cuyas cuerdas se tocaban solas. De sus cuerdas salía una preciosa música. Mientras el gigante escuchaba aquella melodía, comenzó a dormirse. Juan aprovechó la ocasión para coger el arpa y echar a correr. Sin embargo, lo que no sabía era que el arpa estaba encantada, así que cuando la tomó en sus manos, del arpa salió una voz:

– ¡Señor, despierte, que me roban!

El gigante se despertó sobresaltado y empezó a perseguir a Juan, que corría desesperado para llegar a la planta. Comenzó a descender rápidamente, pero al mirar hacia arriba vio que el gigante también descendía por ella. No tenía tiempo que perder. Así que mientras descendía, Juan le gritó a su madre que le llevara un hacha.

Su madre acudió con el hacha y Juan, de un certero golpe, cortó el tronco de la habichuela mágica. Juan y su madre vivieron felices con la cajita que, cada vez que se abría, dejaba caer una moneda de oro.



martes, 11 de marzo de 2025

La gallina de los huevos de oro.

 






La Gallina de los Huevos de Oro



Había en un corral una gallina que ponía huevos de oro.

 

Su dueño, que todas las mañanas los recogía y vendía a buen precio, díjose entonces:

 

—Si los huevos de la gallina son de oro, las entrañas, donde se forman, deben contener oro en abundancia.

 

Acto seguido, mató a la gallina creyendo hacerse rico en poco tiempo; pero al comprobar que las entrañas eran como las de todas las gallinas, comprendió que había cometido un irreparable error.

 

—¡Bien merecido tengo el chasco, pues feliz estaba con mi gallinita viva que me daba un huevo todos los días! —exclamó el ambicioso, presa de honda frustración.

 

Fabula La Gallina de los Huevos de Oro

 

MORALEJA

 

La codicia es mala consejera,

y hace tu fortuna pasajera.